Ajedrez en los jardines de Luxemburgo, París.


 

El ajedrez ha sido siempre un juego misterioso para mí. Conozco la reglas, los movimientos de las piezas, pero me resulta difícil de jugarlo con un mínimo de maestría. En principio, carezco del más absoluto sentido de la estrategia.  Pero además, es un juego íntimamente ligado a las matemáticas, disciplina indescifrable para mí. 

Debe ser por eso que me fascina ver jugar ajedrez. Y verlo jugar en los parques o plazas, me parece mágico. Me trae recuerdos de mi niñez, en mi barrio de Barracas, en tiempos en que los vecinos salían a las puertas de sus casas con sus sillas y compartían las tardecitas o las noches cálidas. En aquellos tiempos, mi padre y un vecino, Beto, solían jugar al ajedrez hasta la madrugada en la calle. Los dos sentados, concentrados en las piezas, mesita de por medio, en silencio, o apenas realizando escuetos comentarios sobre alguna jugada. Desde mi visión de niño, creía estar en presencia de dos sabios y soñaba con, algún día, imitarlos. No me fue posible porque no se me dio bien el ajedrez, por más empeño que puso mi padre, y, jugarlo en la vereda hasta altas horas de la noche, mucho menos. Esa es una costumbre que se desvaneció a fuerza de inseguridad y delito. 

Por esa razón, a pesar que ambos jugadores no querían, no pude evitar tomar esta instantánea "a escondidas" en los Jardines de Luxemburgo, en París. 

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